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PDP

"Que gran desafío... Vivir experiencias, procesos, adquirir confianza, expresar emociones, conocer criterios. ¡Que gran desafío construir mi propio camino de crecimiento personal!"

¿Qué es PDP?

El Programa de Desarrollo Psicosocial acompaña el proceso de adquisición e implementación de las habilidades para lograr un equilibrio entre los factores que hacen al entorno de personas con capacidades diferentes.
El PDP pone énfasis en el trabajo de las habilidades conductuales, sociales y adaptativas asi como el entrenamiento funcional para la vida práctica, la autonomía personal y la autogestión


Quienes somos

Somos dos psicologos y terapeutas conductuales, Carmen Ruiz Diana y Rodrigo Julio Peralta, con gran experiencia en la educación y tratamiento de niños, jóvenes y adultos con diversidad funcional, Síndrome de Down, trastornos del espectro autista, TGD, TDAH, trastornos conductuales y emocionales.

Nuestro objetivo y propósito con este blog es dar a conocer y compartir desde la práctica nuestras ideas y experiencias vivenciales, las cuales nos motivan a realizar nuestro programa.

En caso de necesitar información sobre nuestro trabajo en mi perfil obtendrán nuestro correo electrónico, gustosos responderemos. Gracias


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2 de abril, creando conciencia a través de este maravilloso cuento

martes, 1 de abril de 2014



Justo al revés


http://ayudemosanicolau.blogspot.com.ar/

Esta es la historia de mi hermano. O mejor: esta es la historia de mi escuela. Aunque claro, en el fondo, las dos historias se parecen. Se parecen casi tanto como nos parecemos Javi y yo. Y a la vez, son también tan diferentes como somos nosotros.
Es que Javi y yo somos gemelos. Idénticos. Eso es porque nacimos de un mismo óvulo. Y compartimos, además de nuestro dormitorio, el código de ADN. Mamá dice que en ese código se guarda toda la información de una persona: cuál es su color de pelo, qué estatura tiene, cómo suena su voz. En todo eso, Javi y yo somos iguales. Idénticos.
Pero en muchas cosas no nos parecemos. A mí me gustan las milanesas con puré y Javi las detesta. Yo enseguida me aburro con los lego y él puede pasarse mil horas haciendo torres y helicópteros y tractores.  En cambio soy bueno con el básquet y Javi ni siquiera intenta picar la pelota.
Pero por lejos, lo más diferente que tenemos es nuestra forma de pensar. Porque Javi piensa en imágenes. Y entonces le cuesta comunicarse porque algunas palabras son muy difíciles de pensar en imágenes: ilusionarte, sentir, conocer, allá, aquel. Si vos le decís a Javi “corramos”, él tiene que proyectar (como si fuera una película en su cabeza) todas las imágenes y todos los recuerdos que tienen que ver con esa acción. Y esto es algo que le lleva tiempo, claro; aun cuando “correr” es una de sus palabras favoritas.
Por su forma de pensar, a veces Javi no te contesta lo que preguntás, o te interrumpe, o te cambia de tema porque su cerebro todo el tiempo está haciendo conexiones. Puede que vos le digas “corramos” y él solo te conteste “ardilla” porque una vez en el parque corrimos entre los árboles y nos topamos con una. Claro, para mí, que vivo con él, es más fácil entender sus conexiones. Y aun así, no siempre lo hago bien porque yo pienso en palabras y me pasa exactamente lo mismo que a él pero al revés: Javi tiene que esperarme. Tenerme paciencia, para que yo pueda comprender qué es lo que está diciendo.
El caso es que este año, al principio, todos estábamos felices. El doctor Mon le sugirió a mamá que Javi hiciera los talleres por la tarde y que a la mañana, en cambio, fuera conmigo a la escuela. Firmó un montón de papeles que mamá le presentó a la directora y lo anotaron en mi mismo curso, aunque somos hermanos y es antipedagógico, dijeron. Como no entendí esta palabra (ni siquiera cuando la busqué en el diccionario) le pregunté a Javi, por las dudas de que él, con su forma de pensar tan distinta a la mía, entendiera mejor. Pero él tampoco sabía.
Mamá me hizo mil recomendaciones. Era muy importante que yo no lo dejara solo, que lo ayudara a entender cómo funcionaba mi escuela. Me habló del timbre del recreo, del patio, de los baños, del saludo a la bandera. De todas las cosas de las que ya había hablado con la directora pero que no estaba mal recordarme porque a fin de cuentas yo conozco a Javi mejor que nadie y sé perfectamente qué es lo mejor para él.
Los primeros días fueron fáciles. Con Javi nos quedábamos en el aula durante el recreo, igual que muchos de nuestros compañeros que preferían leer o dibujar antes que meterse en el bullicio del patio. Pero un día faltó una goma de borrar y la directora se enojó tanto pero tanto que hizo poner un cartel en la puerta del aula: «Prohibido quedarse durante el recreo».
No importó nada de lo que dijera mamá ni las recomendaciones del doctor Mon ni la promesa de que nunca jamás tocaríamos nada que no fuera nuestro.
─Sin excepciones ─dijo la directora─. Lo siento, pero tengo que ser justa. Si Javier realmente está preparado para asistir a esta escuela, tendrá que tolerar el recreo.
El doctor Mon no se echó atrás, dijo que en una de esas resultaba bien y que a fin de cuentas era un nuevo desafío para Javi y que, de superarlo, estaríamos mil pasos adelante en su terapia.
Y allá fuimos. Javi aguantó seis semanas enteras. Mamá durante esos días se la pasaba cantando, papá no paraba de hacer chistes y Javi empezó a construir, con los lego, el edificio de mi escuela. Todos estábamos felices.
─¿Y cuando toca el timbre, no se pone nervioso?
─¿y si lo empujan no se asusta ?
─¿Los gritos los tolera bien?
Todos nuestros familiares me llenaban de preguntas, contentos de que mi hermano estuviera superando así de bien su enorme desafío. Porque Javi es hipersensible: todos sus sentidos funcionan a máxima potencia. Si está hablando conmigo, su super oído no escucha en primer plano solamente mi voz: también los bocinazos de la calle, los gritos del vecino, el caño de escape de una moto, la radio que está escuchando el kiosquero de la esquina. Las luces de la calle lo enceguecen, los abrazos a veces le pesan en la piel y los rechaza. Los olores más imperceptibles pueden llegar a revolverle el estómago.
A pesar de esto, Javi toleró los recreos seis semanas completas. Se sentaba en una esquina, un poco más allá del patio, donde estaba la puerta de la biblioteca. Desde allí miraba el mástil y la bandera flameando. No hacía otra cosa que ver hacia arriba durante todo el recreo, como si no hubiera ningún chico corriendo en el patio, como si nadie se agolpara frente al kiosquito de Miguel ni se sintiera el olor de las pizzetas aceitosas, ni los latigazos de la soga con la que siempre jugaban las nenas de quinto B. Javi solamente miraba hacia arriba, concentrado, más que seguro deseando que el recreo se terminara de una buena vez.
Y si no fuera por la Feria de Ciencias, todo habría seguido así de bien. Pero pusieron una pantalla gigante justo sobre la pared de la biblioteca; justo en el rincón de Javi. Y bajaron la bandera para poder izarla después, durante la apertura. Ocho hileras de bancos se colocaron al frente de la pantalla. El patio, así, nos quedó recortado: los mismos chicos haciendo los mismos juegos  en un espacio menor. Y no sé, exactamente, cómo pasó.
Solo que hubo una soga. Y un tropezón. Y dos cabezas que chocaron y una hilera de sillas despatarradas. Y lo peor, lo peor de todo, una enorme pantalla que se vino a abajo.
Si todo ese barullo me asustó a mí, que tengo unos sentidos de lo más ordinarios ¡ni puedo imaginarme lo que sintió Javi! Para peor, todo lo que él tenía para mantener la calma ya no estaba en el patio: ni su rincón, ni la bandera.
Nada de lo que dije lo consoló. Y comenzó a balancearse. Mientras las maestras intentaban formarnos y el portero tocó el timbre y todos preguntaban qué pasó, mi hermano se balanceaba. Y de a poco nos fuimos quedando solos, él y yo, en esa parte del patio; y la directora se puso seria y yo que no sabía cómo decirle que no, que no éramos desobedientes; que sí, que claro que yo la había escuchado, pero  que no podíamos, no podíamos ir a formar ahora.  Y hubiera querido avisarle también que lo dejara, que a Javi no hay que tocarlo cuando se pone así.
¡Pero todo pasó tan rápido! Y lo peor, lo peor que podía pasar en mi escuela, que Javi tuviera una de sus crisis, pasó. Cuando Javi se pone así todos sus sentidos se bloquean, sus ojos dejan de mirar, sus oídos no escuchan nada, y si lo tocás o querés calmarlo empieza a gritar y a pegar patadas. No mira a quién. No sabe qué es lo que pasa. Es como si él mismo no estuviera ahí, como si su mente se hubiera desconectado para dejar de sentir y de tener miedo.
Cuando eso pasa hay que esperarlo. Estar atentos para que no se lastime, pero esperarlo. Porque con Javi son importantes las pausas. Con Javi hay que olvidarse del tiempo y, cuando por fin se calma, olvidarse también de la crisis que pasó y de la que vendrá. Con Javi siempre hay que concentrarse en el aquí y ahora. Por eso, porque la directora ni las maestras supieron qué hacer, yo me senté en el piso, al lado, a esperarlo.
Cuando estuvo listo, me miró. Y la directora, como vio que conmigo se calmaba, me dejó entrar con él a la dirección. La escuché cuando llamó a mamá. Escuché cuando dijo que lo sentía, que Javi no estaba listo para la escuela. Cuando dijo que era difícil hablar con él porque no miraba, porque no escuchaba nada de lo que dijeran. Que para marcar disciplina ella tenía que poner pautas y que Javi no podía seguir ninguna pauta. Que no podía hacer excepciones, y lo sentía muchísimo, de verdad, pero que estaba segura de que Javi estaría muy bien en otra escuela. Que hay escuelas para chicos así, como Javi. Si ni siquiera parecía darse cuenta de dónde estaba, si no hablaba con nadie, si estaba claro que no tenía ningún tipo de pertenencia a esta escuela. Y que no, que no dudaba de su nivel intelectual, que había leído sobre las aptitudes de estos chicos para las matemáticas, sobre su excepcional memoria fotográfica, pero que es antipedagógico –antipedagógico, dijo—obligarlo a estar en un lugar al que claramente no pertenece. Porque Javi no estaba listo. No estaba listo. Y cortó.
Cuando salió de su oficina, se acercó a nosotros. A mí me acarició la cabeza y por encima de los anteojos vio el dibujo que estaba haciendo Javi.
Era el patio. Con su rincón al lado de la biblioteca. Con la bandera flameando y el kiosquito de Miguel. Con las de quinto saltando a la soga, y un montón de chicos en el recreo y detalles geniales como los zócalos y la cortina de pintitas de sala de maestros.
–Sí sabe donde está –le dije–. Esta es su escuela.
Y le aclaré también todos sus errores. Uno por uno. Porque Javi sí entiende y sí mira a los ojos y  sí sigue las pautas de la escuela. Porque Javi no es tan bueno en matemáticas y aunque juega muy bien al memotest no siempre gana. Así que le dije, también, que yo no sabía dónde había leído sobre “chicos así, como Javi” pero que seguro la información estaba mal, porque Javi no es igual a ningún otro.  Que es hipersensible, sí. Que tiene gustos medio raros, también (nunca entendí esa rara manía suya de quedarse mirando el lavarropas). Que su forma de pensar es bastante peculiar, pero que dice el doctor Mon que no es así con todos.  Que algunos no soportan los abrazos, o nunca sonríen o nunca dicen nada. Que Javi, en cambio, es cariñoso; que se ríe todo el tiempo y cada vez habla más. Que algunos se balancean, o agitan los brazos, o cierran los ojos o se tiran al piso. Que Javi solo lo hace algunas veces:
─Solo cuando el mundo lo lastima. O no lo entiende. Como hoy.
La directora se refregó los ojos, como si acabara de terminar de ver una película de esas que hacen llorar. Le acarició la cabeza a Javi y él, con una sonrisa, le dio el dibujo:
─Antipedagógico ─le dijo.
La directora sonrió. Y, aunque parezca increíble, hizo una pausa larga antes de contestar:
─No. No es antipedagógico. Es que las directoras también nos equivocamos.
Y entonces lo que pensé que iba a ser la historia de mi hermano, pasó a ser la historia de mi escuela. Porque  Javi estaba listo para la escuela. A él no tuve que explicarle nada: ni del timbre, ni de los recreos, ni del saludo a la bandera. Con la escuela pasó justo al revés.  A la escuela tuve que explicarle todo. La escuela tuvo que aprender un montón de cosas sobre mi hermano. Y aunque le llevó tiempo estar lista, con Javi sabemos hacer pausas. Así que no tuvimos problema: ¡la esperamos!


Fuente:
Mi ventana al mundo, blog de Sol Silvestre
Ilustración de Santiago Ogazón

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Etiquetas: Asperger, Autismo, Celebraciones, Comunicación, Conducta, Cuentos, Derechos, Desafíos, Diversidad, Educación, Familia, Habilidades Sociales, Inclusión, Sensorial, Vivencias y procesos

UN CUENTO QUE VIENE A CUENTO, PARA REFLEXIONAR

lunes, 20 de junio de 2011

Este cuento es bastante conocido, lo leí hace mucho. En estos días nos envió la psicopedagoga que trabaja con nosotros, lo leímos de nuevo y nos miramos con Rodrigo. Las palabras sobraban. Este hecho lo vivimos, yo alguna vez en mi práctica educativa y él ahora frecuentemente ya que recorre los colegios por el tema de la inclusión. Lo muestro por que es relevante y está muy bueno para reflexionar desde nuestro lugar de maestros, coordinadores, psicólogos, directivos, técnicos. Encontrarnos con un maestro/a sin recursos creativos, agobiada/o por el trabajo, sin medios, ayuda o apoyos no es nada nuevo. En uno de los blogs en que se publicaba este cuento he leído que; los inspectores también están ausentes en las escuelas, que no tienen idea de las necesidades del aula y lo que es peor no se interesan. Eso lo dijo un maestro evidentemente, y es común escuchar ese tipo de comentarios, así como lo es, el pasarse las responsabilidades unos a otros todos los implicados en la tarea de educar. El trabajo en equipo, el interdisciplinario, es un gran desafío que no siempre las instituciones y demás agentes sociales pueden cumplir a cabalidad, por la razón que sea, siempre hay una, valedera o no. La tarea es cada vez más difísil, y es realmente preocupante si la misma no logra cubrir las necesidades de los niños y niñas con diversidad funcional incluídos en aulas regulares. Es una realidad que estamos observando a diario en la tarea educativa y que debemos mejorar. Es un desafío pendiente.

El autor es Enrique Mariscal, como el bien lo dice “Ninguna de mis historias son para entretener, pasar el rato; todas invitan a la reflexión a través de auto ironía, del buen humor y de la actitud positiva y superadora ante los conflictos”.
Es profesor de Filosofía; Lic. en Psicología y en Ciencias de la Educación; especialista en planificación de Recursos Humanos de la UNESCO; consultor en Educación Médica de la Organización Mundial de la Salud; Director del seminario permanente: «Volviendo a pensar sobre el enseñar y el aprender» en la Facultad de Derecho de la Univ. de Buenos Aires. También ha escrito Cuentos para pensar, y vídeos desde un planteamiento pedagógico destinados a la autoayuda.

"El Corcho”
Hace años, un inspector visitó una escuela primaria.
En su recorrida observó algo que le llamó la atención: una maestra estaba atrincherada atrás de su escritorio, los alumnos hacían un gran desorden; el cuadro era caótico.
Decidió presentarse:
“Permiso, soy el inspector de turno …¿Algún problema?”
“Estoy abrumada señor, no se qué hacer con estos chicos… No tengo láminas, el ministerio no me manda material didáctico, no tengo nada nuevo que mostrarles ni qué decirles …”
El inspector que era un “Docente de Alma”, vio un corcho en el desordenado escritorio, lo tomó y con aplomo se dirigió a los chicos:
¿Qué es esto? ” Un corcho señor “…gritaron los alumnos sorprendidos.
“Bien, ¿De dónde sale el corcho?”.
“De la botella señor. Lo coloca una máquina…”, “del alcornoque… de un árbol”… “de la madera…”, respondían animosos los niños.
“¿Y qué se puede hacer con madera?”, continuaba entusiasta el docente.
“Sillas…”, “una mesa…”, “un barco! “. Bien, tenemos un barco.
¿Quién lo dibuja? ¿Quién hace un mapa en el pizarrón y coloca el puerto más cercano para nuestro barquito?
Escriban a qué provincia argentina pertenece.
¿Y cuál es el otro puerto más cercano?
¿A qué país corresponde? ¿Qué poeta conocen que allí nació? ¿Qué produce esta región? ¿Alguien recuerda una canción de este lugar? Y comenzó una tarea de geografía, de historia, de música, economía, literatura, religión, etc.
La maestra quedó impresionada. Al terminar la clase le dijo conmovida:
“Señor nunca olvidaré lo que me enseño hoy. Muchas Gracias.”
Pasó el tiempo. El inspector volvió a la escuela y buscó a la maestra.
Estaba acurrucada atrás de su escritorio, los alumnos otra vez en total desorden…
“Señorita… ¿Qué pasó? ¿No se acuerda de mí? Sí señor ¡Cómo olvidarme! Qué suerte que regresó. No encuentro el corcho. ¿Dónde lo dejó?”.

Enrique Mariscal ( De ” Cuentos Para Regalar “)
Fuente: http://sereescritor.wordpress.com/almacen-de-cuentos/

Publicado por Programa de Desarrollo Psicosocial 11 comentarios  

Etiquetas: Aprendizajes, Cuentos, Educación, Inclusión, Vivencias y procesos

LA NAVIDAD DE PAPÁ NOEL , UN CUENTO

jueves, 23 de diciembre de 2010

la Navidad de Papá Noel es un cuento de cuenta cuentos Salvat donde nos muestra un Papá Noel muy humano con las dificultades y conflictos propios que le trae su trabajo. Muy divertido para contarselo a los niños y así entrar en el tema.

Publicado por Programa de Desarrollo Psicosocial 2 comentarios  

Etiquetas: Celebraciones, Cuentos, Familia

ENSEÑEMOS A RESPETAR LAS DIFERENCIAS

martes, 7 de septiembre de 2010

"Un niño"

Un cuento de Helen Buckley

“Una vez el pequeño niño fue a la escuela. Era muy pequeñito y la escuela muy grande. Pero cuando el pequeño niño descubrió que podía ir a su clase con sólo entrar por la puerta del frente, se sintió feliz.Una mañana, estando el pequeño niño en la escuela, su maestra dijo: Hoy vamos a hacer un dibujo. Qué bueno- pensó el niño, a él le gustaba mucho dibujar, él podía hacer muchas cosas: leones y tigres, gallinas y vacas, trenes y botes. Sacó su caja de colores y comenzó a dibujar.Pero la maestra dijo: - Esperen, no es hora de empezar, y ella esperó a que todos estuvieran preparados. Ahora, dijo la maestra, vamos a dibujar flores. ¡Qué bueno! - pensó el niño, - me gusta mucho dibujar flores, y empezó a dibujar preciosas flores con sus colores. Pero la maestra dijo: - Esperen, yo les enseñaré cómo, y dibujó una flor roja con un tallo verde. El pequeño miró la flor de la maestra y después miró la suya, a él le gustaba más su flor que la de la maestra, pero no dijo nada y comenzó a dibujar una flor roja con un tallo verde igual a la de su maestra.Otro día cuando el pequeño niño entraba a su clase, la maestra dijo: Hoy vamos a hacer algo con barro. ¡Qué bueno! pensó el niño, me gusta mucho el barro. Él podía hacer muchas cosas con el barro: serpientes y elefantes, ratones y muñecos, camiones y carros y comenzó a estirar su bola de barro.Pero la maestra dijo: - Esperen, no es hora de comenzar y luego esperó a que todos estuvieran preparados. Ahora, dijo la maestra, vamos a moldear un plato. ¡Qué bueno! pensó el niño. A mí me gusta mucho hacer platos y comenzó a construir platos de distintas formas y tamaños.Pero la maestra dijo: -Esperen, yo les enseñaré cómo y ella les enseñó a todos cómo hacer un profundo plato. -Aquí tienen, dijo la maestra, ahora pueden comenzar. El pequeño niño miró el plato de la maestra y después miró el suyo. A él le gustaba más su plato, pero no dijo nada y comenzó a hacer uno igual al de su maestra.Y muy pronto el pequeño niño aprendió a esperar y mirar, a hacer cosas iguales a las de su maestra y dejó de hacer cosas que surgían de sus propias ideas.Ocurrió que un día, su familia, se mudó a otra casa y el pequeño comenzó a ir a otra escuela. En su primer día de clase, la maestra dijo: Hoy vamos a hacer un dibujo. Qué bueno pensó el pequeño niño y esperó que la maestra le dijera qué hacer. Pero la maestra no dijo nada, sólo caminaba dentro del salón. Cuando llegó hasta el pequeño niño ella dijo: ¿No quieres empezar tu dibujo? Sí, dijo el pequeño ¿qué vamos a hacer? No sé hasta que tú no lo hagas, dijo la maestra. ¿Y cómo lo hago? - preguntó. Como tú quieras contestó. ¿Y de cualquier color? De cualquier color dijo la maestra. Si todos hacemos el mismo dibujo y usamos los mismos colores, ¿cómo voy a saber cuál es cuál y quién lo hizo? Yo no sé, dijo el pequeño niño, y comenzó a dibujar una flor roja con el tallo verde.”

Fuente:
http://educamosjuntoscuentos.blogspot.com/
Imagen: Google

Un cuento para reflexionar a partir de algo tan simple y cotidiano como es el dibujo de un niño/a. Pensemos hasta donde podemos guiar e intervenir en el proceso creativo de nuestros niños/as. Hasta donde el sistema educativo prepara, estimula y desarrolla para las artes si nos cuesta aceptar un dibujo o un modo diferente de expresión que proviene de un estado de ánimo, una percepción particular, de una historia, de la necesidad de contar y comunicar. Enseñemos a los niños a ser creativos e independientes. Enseñemos la relatividad de la perfección y la variedad de opciones en relación a las cosas, al orden natural. Enseñemos que uno puede ser diferente, pensar diferente o tener intereses distintos a los demás y que eso no tiene nada de malo, por el contrario es enriquecedor. Y algo muy importante, que respetar las diferencias es un valor fundamental.

Publicado por Programa de Desarrollo Psicosocial 10 comentarios  

Etiquetas: Cuentos, Diversidad, Educación, Valores

PARA REIVINDICAR LA DIVERSIDAD, UN CUENTO...

miércoles, 16 de junio de 2010


A continuación, les dejo el cuento de David Mckee: Elmer.
Lo encontré en la página El cielo es verde; de Fernando Bernini de Montevideo, Uruguay.
Fernando dijo “Cada cierto tiempo necesito leer la historia de Elmer; un elefante que era diferente del resto de los elefantes, por sus colores. Elmer es mucho más que un cuento infantil, siendo una reivindicación de la diversidad humana”.
Tiene que ver con la entrada anterior y me hizo recordar los hermosos cuentos que Anabel Cornago prepara para su hijo Erick. Que lo disfruten.

ELMER
Había una vez una manada de elefantes. Había elefantes jóvenes, elefantes viejos, elefantes gordos, elefantes altos ó elefantes flacos. Elefantes así y asá, todos diferentes, pero todos felices y del mismo color. Todos menos Elmer.
Elmer era distinto. Elmer era multicolor. Elmer era amarillo. Y naranja, y rojo, y rosa, y morado, y azul, y verde, y negro, y blanco. Elmer no era de color elefante.
Y era precisamente Elmer el que hacía reír a los demás elefantes. Unas veces Elmer les gastaba bromas y otras veces ellos se las gastaban a él. Elmer era el responsable de casi todas las sonrisas de sus compañeros de manada.
Una noche Elmer no podía dormir. No hacía más que pensar y pensar. Y lo que le rondaba la cabeza era que estaba cansado de ser diferente. << ¿Dónde se ha visto un elefante de colores? >>, Se decía. <<>>.
A la mañana siguiente, antes de que la manada terminara de despertarse, Elmer se marchó sigilosamente, sin que nadie se diera cuenta. Caminando por la selva, Elmer se cruzó con muchos animales. Todos le decían: -Buenos días, Elmer. Y Elmer siempre sonreía y respondía: – Buenos días.
Después de una larga caminata, Elmer encontró lo que buscaba: un gran arbusto. Un arbusto enorme repleto de bayas; bayas de color elefante. Elmer cogió el arbusto con la trompa y lo sacudió una y otra vez para que las bayas se desprendieran de las ramas.
Cuando el suelo estuvo cubierto de bayas, Elmer se tumbó y empezó a rodar una vez y otra vez, para un lado y para el otro, y vuelta a empezar. Luego fue cogiendo racimos de bayas y fue frotándose todo el cuerpo con ellos hasta que no quedó ni rastro de amarillo, de naranja, de rojo, de rosa, de morado, de azul, de verde, de negro o de blanco. Cuando terminó, Elmer tenía el aspecto de cualquier otro elefante.
Entonces, Elmer emprendió el regreso hacia la manada. Por el camino, se volvió a cruzar con los demás animales. Pero está vez, todos le decían: – Buenos días, señor elefante. Y Elmer sonreía y respondía, contento de que no le reconocieran: – Buenos días –.
Cuando Elmer llegó donde los demás elefantes estaban, todos descansaban tranquilamente. Ninguno de ellos se dio cuenta de que era Elmer quien se abría paso hacia el centro de la manada.
Al cabo de un rato, Elmer se dio cuenta de que algo raro sucedía. ¿Pero qué? Miró a su alrededor: la misma selva de siempre, el mismo cielo azul de siempre, la misma nube de tormenta que iba y venía de siempre, y por último, los mismos elefantes de siempre. Elmer se los quedó mirando.
Los elefantes no se movían en absoluto; Elmer nunca los había visto tan serios. Y cuanto más miraba a aquellos elefantes serios, quietos, y callados, más risa le entraba. Al final, no pudo aguantarse más. Levantó la trompa y gritó con todas sus fuerzas: ¡¡¡ Buuuh!!!
Los elefantes quedaron patidifusos.- ¡Por todas las trompas!-exclamaron mientras Elmer se partía de risa. -¡Elmer! ¿Quién si no?-. Y todos los elefantes rompieron a reír como nunca antes lo habían hecho
Y mientras se reían, empezó a llover. A medida que las gotas de lluvia caían sobre Elmer, iban dejando al descubierto sus colores. La lluvia ya había limpiado a Elmer por completo, y los elefantes aún seguían riéndose.- Elmer- dijo un viejo elefante, entre carcajadas-, nos has gastado muchas bromas, pero esta ha sido la más divertida.
-Tenemos que conmemorar este día todos los años- sugirió otro. –Será el Día de Elmer. Todos los elefantes se harán dibujos en la piel y Elmer se pintará de color elefante.
Y eso es precisamente lo que hacen. Un día al año, se pintan de colores y desfilan. Ese día, si por casualidad ves un elefante con la piel de color elefante, seguro que es Elmer.

http://www.elcieloesverde.com.uy/2009_11_01_archive.html

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Etiquetas: Cuentos, Diversidad, Educación, Valores

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